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Mensaje por Rapsodia el Vie Jul 18, 2014 3:21 pm

Por favor

Para llegar a casa ese jueves, Wayne necesitaba tomar el metro. Así que, saliendo de la cafetería donde quedó de verse con su amigo Frank, se dirigió a allá.
La ciudad estaba volviéndose fría cuanto más se acercaban las ocho de la noche. Él iba lo suficientemente distraído con el libro que le proporcionó el otro muchacho (algo sobre seres mitológicos), pero de vez en cuando miraba a su alrededor. Las lámparas de la calle estaban encendiéndose; todo eso, junto con los adornos típicos de diciembre y sus festividades, hacían el sitio más bonito. Además, faltaban dos días para Año Nuevo.

Wayne se detuvo frente al aparador de una tienda departamental mientras, con el libro bajo su brazo derecho, frotaba sus manos entre sí. Si tenía suerte, tal vez el descuento de esa consola de videojuegos rodeada por muñecos de nieve y figuras de Santa Claus, permanecería hasta la segunda semana de enero y podría regalársela a Frank. Sonrío para sus adentros. Se propuso sorprenderlo esa temporada. Iba a continuar su camino, cuando su teléfono móvil empezó a vibrar. “Te esperamos ya en casa. Joyce”, eso decía el mensaje de una de sus hermanas mayores. De seguro habían ido a visitarlos a él y al abuelo Johan (en realidad ese hombre no era su verdadero abuelo, pero le tomó cariño como tal). Apresuró un poco más su paso.
Hizo memoria. En la cafetería había pedido una rebanada; no, dos rebanadas de tarta de fresa y un vaso grande de chocolate caliente y sumando la propina que le dejó a la linda mesera que les atendió a él y a Frank, sí le alcanzaba para comprar algo más de postre saliendo luego de la estación del metro. Tenía todo el camino para pensar qué sería bueno llevarles como bienvenida. Ya entonces, contento con su idea, el joven Wayne continúo caminando.

Tiritó dentro del abrigo gris que le vendió el tío de su amiga Caroline. El hombre le dijo que era de buena calidad y el pelirrojo no podía negarlo (además, era cómodo y nada estorboso). Aunque, quizás debió ponerse algo más abrigador cuando salió de casa esa tarde. Había valido la pena verse con Frank, así que resistiría lo que quedara de viento helado.

—¿Te acuerdas que hace dos semanas me quedé sin teléfono? —preguntó Wayne mientras se limpiaba la boca con una servilleta.

—Claro que me acuerdo —contestó Frank—. Era un buen modelo  —suspiró.

—Pues en uno de los cajones de la habitación de Joyce, encontré otro. El que usaba yo en preparatoria, para ser exactos. Me sorprendió que aún se conservara útil el número.

—¿El que sólo sirve para recibir llamadas y enviar mensajes? —el de cabello negro hizo una ligera de mueca de desagrado y vio cómo asentía Wayne—. ¿Por qué estaba ahí? —Soltó con curiosidad.

—Un día Joyce me dijo “acaban de pagarme y sé que quieres un nuevo teléfono. ¿Te parece si vamos ahora por él?”. Luego de eso, quitó el viejo que traía en las manos y lo guardó dentro del cajón. ¿Sabes que encontré cuando lo encendí? Me topé con varios recordatorios programados y entre esos estaba el del cumpleaños de Thomas. —finalizó, para después meterse otro pedazo de tarta a la boca.

Frank volteó a ver a Wayne. Su mejor amigo, hablándole del chico de su pasado y sin problemas por ello. Le dio gusto. De verdad.

De rato, apareció la mesera y con su ida, también se llevó a Thomas de la conversación. Fue entonces que Frank le dijo que cierta mañana, saliendo del trabajo, dio con el libro que el pelirrojo tanto buscaba. Que quizás no era nuevo, pero… Wayne sonrió y le preguntó sobre el precio. Frank algo tímido sólo respondió que lo tomara como un regalo de Navidad atrasado. Ese libro y un boleto del metro (en realidad el dinero para un boleto del metro) porque no iba a poder llevarlo hasta su casa como normalmente pasaba cuando ellos salían.

—No te vayas a perder —y el de cabello negro rió un poco. El más que nadie sabía que el sentido de orientación de Wayne era casi, casi, nulo.

Y ahí estaba el chico, contentillo por ver a sus hermanas y por el libro que le Frank le obsequió. Nunca podría arrepentirse de dirigirle la palabra ese día en el salón de clases.
“Parece una buena persona”, fue lo que pensó antes de decidirse a iniciar una charla con él. Se sentía tan viejo a sus veintidós.
Ninguno había seguido la universidad. A él ya no le llamaba la atención el estudio y Frank tenía gastos y una familia a la qué ayudar.

No era el único que esperaba el metro. Tiritó nuevamente. Debió ponerse la bufanda y los guantes, pero le resultaban incómodos y sí, el abuelo Johan iba a regañarlo.
Ojalá no tuviera que esperar demasiado. Sacó del pantalón ese teléfono que sólo servía para llamar y mandar mensajes y lo revisó. “Cumpleaños de Thomas” y una carita sonriente a base de dos puntos y un paréntesis, que acompañaba a las letras. Se quedó pensativo. Ese diciembre lo olvidó por completo. Tantas cosas recientes lo mantenían ocupado y también debía cuidar al abuelo.

Era un año mayor que Wayne. Había perdido varios meses por una enfermedad y cuando pudo reincorporarse, fue asignado al mismo salón que el chico y Frank. Thomas tenía más amigas que amigos; parecía ser respetuoso con ellas o al menos dentro del salón.
Al principio Wayne no lo miraba. La situación cambió cuando supo que escribía y que no era tan malo en ello. A menudo, internamente, Wayne competía con él. Pero no podía ganarle (y sus estilos eran opuestos). Nunca le dijo que, en cierta medida, le ayudó a “desenvolverse” en ese ámbito.
El problema vino cuando Thomas comenzó a atraerle. Y entonces eran celos porque tenía tiempo para sus amigas y no para él. Eran celos porque, Wayne creyó que había algo entre ellos y en todo lo que escribía el castaño aparecía todo lo contrario y, el nombre de la chica que hasta ese día detestaba: Vivian. La eterna ex-novia que causó estragos en sus vidas.

Y fue transcurriendo el tiempo y con ese tiempo vinieron más tristezas. Wayne tuvo que hacerse a la idea que Thomas no quería olvidar a Vivian porque, siempre era ella y el mes de abril lo que ocupaba su mente y sus memorias. Y, nunca tendría algo en serio con él.

No estaba demás decir que, en toda esa época, Frank se convirtió en el paño de lágrimas.

Entró como pudo al metro y se sentó en el primer sitio que halló disponible. Suspiró.

Pasados unos meses Thomas ya no volvió a la escuela y, por lo que Wayne supo durante el tiempo que fueron cercanos, supuso que probablemente la causa fue la misma enfermedad.
Al ver el libro que traía en sus manos, se preguntó si le había sido posible publicar el de poesía sobre el que le habló el día que Wayne lo recibió en su casa, cinco años atrás.

Nunca se atrevió a llamar por teléfono o comunicarse con él por correo y eso que en varias ocasiones se lo planteó.

Por una temporada, sintió que Thomas sólo había jugado con él y sus sentimientos, sin embargo, después de dar con el teléfono viejo y pensar bien las cosas, su conclusión fue que el castaño no quiso romperle las ilusiones y por eso no lo rechazó abiertamente en su momento. Algo como “se te pasará”. Sólo le decía “te quiero” y hablaban mucho, ya fuera de sus padres o de su gato negro, ése que siempre lo acompañaba cuando el dolor era fuerte; el que lo esperaba luego de estar internado durante semanas en el hospital.
Wayne también quería a Thomas, deseaba estar cerca suyo. Aunque en su corazón supiera que esa enfermedad no haría la situación fácil. Frank, a su modo, también le daba a entender lo mismo.

Eran casi las nueve de la noche. No sé quedó vacío por completo el vagón cuando bajaron algunos pasajeros en esa parada, pero al menos estaba más despejado que al principio. No podía darse el lujo de hojear tantito el libro; así que se decidió a dar un vistazo a los alrededores. Un par de mujeres hablando; unos cuantos estudiantes; personas que quizás salían del trabajo; varias parejas; parte del asiento vacío y lo siguiente que vio fue a Thomas. Solo y con los audífonos puestos.
Wayne se estremeció. Con disimulo quitó la vista de ahí. Él y su súper poder para “invocar personas”. Genial.
Ya no estaba decepcionado de él. A veces le echaba en falta; no obstante… ¿Merecía acercarse luego de tanto tiempo? ¿Bastaba un saludo para cubrir la falta de interés o preocupación? Wayne no estaba muy seguro. ¿Y si no quería verlo?

Thomas se mantenía ocupado con sus asuntos. Sólo él sabía que revisaba en su móvil. Cuando se aproximó la segunda parada, tampoco bajó. ¿Y si era una señal?
¿No podría Wayne recuperar lo que quedó pendiente entre ellos o siquiera cerrar de buena manera su círculo? Porque, tenía curiosidad por enterarse cómo había estado.

Segunda parada de tres que le dijo Frank que calculara, para no extraviarse por completo.

Sus manos sudaban; en ocasiones hacían presión sobre la tapa dura del libro. Respiraba con rapidez, mas no exagerada. Sintió un escalofrío antes de levantarse de su asiento. Inició su avance con destino al lugar al lado de Thomas. No era mucha la distancia; atravesó a un par de muchachas y, discretamente, puso su trasero en ese metal. Pero se reprendió al instante, en silencio, porque había sido muy obvio. Una persona que pretendía bajar se acercaba más a las puertas para evitarse “accidentes”, no a otro sitio y… oyó la risa de una de esas muchachas. Siempre odió a sus nervios.
Thomas no tenía por qué enterarse que cierto tiempo Wayne lo consideró como mascota de Vivian. Era sólo el dolor hablando y cuando el dolor hablaba…

Casi seis años de no verse. Tal vez estaba loco por querer abrir antiguas heridas.

Se sobresaltó un poco cuando escuchó la voz del castaño.

—Hola —su voz sonó amable—. Cuando tiempo, ¿verdad? —completó la frase con algo de sorpresa.

Wayne contuvo la respiración. Él aún buscaba el instante preciso. Y la valentía.

—Hola —tartamudeó al principio. Nada más necesitaba parecer que iba fluida su intención o conversación—. Pensé que ya no me recordarías —y su frase fue muriendo de a poco cuando, al girar la cabeza, vio a Thomas hablando por teléfono.

—¿Los discos? Si no mal recuerdo los tengo, pero en casa de mis padres. ¿Eh? Si los requieres con tanta urgencia, supongo que podríamos vernos en estos días, Lauren.

Cuánta suerte tenía. Con vergüenza y no precisamente una pizca, bajó la cabeza. “Ojalá no hubieran visto…” y se oyeron más risas, de las mismas muchachas de antes.
Malditas señales que no terminaban por ser claras o por siquiera ponerse de acuerdo.
Y sus ánimos decayeron. Así era él. Amargamente desistió. Parecido a obtener una gran fortuna en las apuestas y el sentido común ordenaba coger todo, antes que algo saliera peor. Además, la siguiente estación estaba muy cerca.

Se oyó una voz femenina (robotizada) anunciando lo evidente. Wayne, como otros, se dirigieron a la puerta.

Tampoco habría postre.

“Cuando puedas, por favor, llámame. Wayne”. Y el mensaje llegó al teléfono de Frank.

Thomas lo había visto, no era ciego. Pero prefería mantener las cosas como estaban porque no le apetecía cambiarlas. Él ya no era el mismo. Wayne ya no era el mismo.
Que se quedara todo en la cápsula de sus recuerdos no tristes. Ahí estaba su lugar.
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